La Agenda – Ideas y cultura en la Ciudad ��� Elogio de la presencia

La Agenda – Ideas y cultura en la Ciudad ��� Elogio de la presencia

Elogio de la presencia

Tengo un respeto especial por el oficio de los fotógrafos. No me gustan sólo las imágenes y sus juegos posibles con la luz, sino la ontología misma de la práctica.

27 de julio de 2016

por Josefina Licitra

Estoy mirando un libro que se llama Ray’s a laugh: Ray es una risa. Es un ensayo hecho por el fotógrafo Richard Billingham sobre su mundo familiar, que gira en torno a la figura de un padre alcohólico. Todas las imágenes fueron tomadas en el hogar donde Billingham creció: una casa en los suburbios de Birmingham que se vino a pique en la década de 1980, cuando Ray, el padre, perdió su trabajo de maquinista en una fábrica y se dedicó a beber. El registro de esos años y de ese hogar sórdido —que puede verse rápidamente en este video de Youtube— es, entre otras cosas, impúdico. Como si fuera una declaración de principios, y tal vez lo sea, en el trabajo de Billingham no hay regodeos lumínicos ni encuadres ingeniosos. Hay una debacle en estado puro, resumida en pequeños gestos que el autor captó con un reflejo desesperado y agudo.

Paso las páginas —un hombre sucio, una mujer obesa, un pegote indescifrable en la cocina— y pienso que, a su modo, Billingham hizo lo que la poeta Sharon Olds también hizo con su padre: contar la descomposición que nos ronda, y hacerlo a través de figuras que encarnan la herencia en su versión trascendente. Si alguna vez nos dieron la vida, con la agonía de nuestros padres empieza el legado de la muerte. En el caso de Olds, contó el desarrollo de un cáncer con una letra incómoda y calibrada, y armó un cuerpo de poemas terribles que luego publicó en su libro El Padre, editado por Bartleby y traducido por otra gran poeta, Mori Ponsowy. Y en el caso de Billingham, el objetivo fue el mismo —contar ese hundimiento— pero la mecánica fue opuesta: en vez de cavilar y reconstruir, Billingham supo disparar siempre en el “instante decisivo”, ese concepto acuñado por Henri Cartier-Bresson para hablar del momento en el que la realidad se quita la armadura y le ofrece el pecho al ojo fotográfico.

Aún cuando Cartier-Bresson siempre me pareció demasiado elegante —demasiado francés— la definición es la apropiada para hablar del trabajo de Billingham, y puntualmente de esta foto.

Jordan

El de abajo es Ray; el de arriba es, supongo, su gato. La imagen sorprende porque su condición fugaz es tan evidente —medio segundo después, el gato ya estaba en el piso— que deja al descubierto mucho más que un cuadro familiar. En esa toma está Billingham en estado de obsesión, estupor y padecimiento, buscando los puntos de luz que ayuden a exorcizar todo ese miasma que ronda.

De eso habla, creo, el gato volador. De eso y de la presencia, porque Billingham pudo captar el refucilo de crudeza en tanto se dio una condición indispensable: él estaba ahí. Como Nan Goldin y sus fotografías de los 80, como Robert Frank y sus registros de la depresión americana, como Adriana Lestido con sus madres e hijas, Billingham hizo con naturalidad aquello de lo que tanto se jacta la crónica periodística a la hora de cantar su manifiesto: poner el cuerpo. Estar presente cuando las cosas pasan.

La primera vez que publiqué en un medio grande fue a mis veinte años, en la revista dominical de La Nación. Mi abuela tenía una amiga que en sus viejos tiempos había trabajado de cocinera en Nueva York, armando el catering para figuras como Henry Kissinger o —en algún viaje— Mijail Varishnikov. La mujer era una buena llave para entrar a publicar en un medio que me interesaba. La propuse, la aceptaron. La entrevisté en su departamento en Recoleta, junté todas las historias que pude y armé un texto recargado de anécdotas donde la entrevistada hablaba con el entusiasmo del saber sedimentado y la candidez de una señora en su momento AFJP.

Cuando días después el fotógrafo fue a hacer su trabajo, se encontró, sin embargo, con otra escena: la amiga de mi abuela no cocinaba desde hace años, las alacenas estaban vacías, la vieja no veía un pomo y, en síntesis, no había un maldito elemento que conectara la realidad con el texto que yo había entregado. “No sabés cómo te puteé” me dijo un tiempo después ese compañero en un bar. Para ese entonces ya nos habíamos hecho amigos, y yo había aprendido dos cosas. La primera: que los fotógrafos se quejan por todo. La segunda: que la fotografía —más allá del encuadre, de las imágenes armadas, del fotoshop y de todos los debates que puedan darse al respecto— está obligada a la presencia, y que esa condición establece un pacto único con la Verdad. Una foto puede mentir, pero los artificios que entran en juego para montar la mentira son tan explícitos —en el caso de la cocinera, habría que haberle puesto un gorro blanco y armado una producción gastronómica— que el fotógrafo siente de otro modo el peso de la estafa que está armando. Yo, en cambio, ni siquiera había registrado que mi texto mentía.

Desde entonces tengo cierta tolerancia al carácter podrido de los fotógrafos, y tengo un respeto especial por el oficio en general. No me gustan sólo las imágenes y sus juegos posibles con la luz, sino la ontología misma de la práctica. Si vas a tomar fotos, la presencia —tuya— nunca es una opción, quiero decir: nunca asume la forma de un relato moral. No estás ahí porque debas; estás ahí porque es imposible hacer —y ser— de otra forma.

Jordan

Hace un tiempo, en una entrevista, Marcos López dijo que tomaba fotos con el celular, y con ese comentario se ganó el enojo de algunos colegas. Para ellos, supongo, escuchar a Marcos hablar del teléfono era como ver a Omar Viviani, el representante del gremio de taxistas, conduciendo un Uber. Sin embargo, creo que el comentario de Marcos ataca la mística —esa imagen del fotógrafo arrastrando su equipo a la manera de un Sísifo que carga su piedra— pero defiende la esencia de un arte: no importa cuál sea el material, lo que hace la diferencia es la mirada, la presencia, el descarte — “la creación es un ejercicio de limpieza”, me dijo Adriana Lestido alguna vez— y la búsqueda urgente de un trazo verdadero entre las huellas de los otros.

El trabajo de Billingham, sin ir más lejos, fue hecho con la cámara y los rollos de película más baratos que había en el mercado, y con un fin que luego fue descartado: Billingham, estudiante de Bellas Artes, quería esas imágenes para usarlas como bocetos para futuros cuadros. Pero ese proceso ulterior nunca se dio. Años después, cuando el trabajo se expuso, signó el comienzo de un proceso de consagración que hoy ubica a Billiingham, de 45 años, entre los artistas visuales británicos más interesantes de su generación. Por si les interesa, en Internet hay una entrada en wikipedia donde se ven sus logros, aunque no se ve su rostro. Cualquiera que ponga su nombre en la web verá el rictus desfigurado de Ray, el padre, riendo fuera de foco y demostrando que la fotografía, cuando es verdadera, termina siendo un espejo, una palabra completa. Algo así como un autorretrato.


Josefina Licitra

Josefina Licitra es cronista y narradora. Su último libro es El agua mala (Aguilar). En Twitter es @JosefinaLicitra.

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July 27, 2016 at 01:45PM
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